Diana llegó a España desde su país natal con apenas trece años, siguiendo a su padre, que se había instalado un año antes en la región de Murcia. El cambio no fue fácil: dejó atrás a sus amigos y su entorno escolar, y necesitó tiempo para adaptarse. Tras completar la ESO y un grado medio en Administración, comenzó a trabajar primero en un almacén y, más tarde, en el campo, siguiendo los pasos de sus padres, dedicados a la agricultura.
Preferencia por el trabajo agrícola
Hoy, más de dos décadas después, asegura que el trabajo agrícola es su elección preferida. Lo valora por la posibilidad de trabajar al aire libre, en movimiento, y por el contacto con personas de distintas nacionalidades y culturas, mayoritariamente inmigrantes como ella. Su jornada suele comenzar entre las 7:30 y las 8:00 de la mañana y, dependiendo de las recolecciones y el clima, se extiende hasta media tarde, con picos de actividad en invierno.
Defensa de las condiciones laborales
Frente a quienes denuncian que las condiciones laborales en el campo son “casi esclavistas”, Diana defiende su experiencia: afirma que en su empresa se respetan los derechos, no hay discriminación y se cuidan las condiciones de trabajo.
Aunque reconoce que “nada es perfecto”, rechaza la visión de precariedad extrema y asegura que recomendaría el trabajo agrícola a compatriotas, especialmente porque, al venir de países con tradición agrícola, la adaptación resulta más sencilla.